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Arte y tecnología:
el pincel y el bit


Por MARÍA PAULA ZACHARÍAS
Foto de portada: Beeple, Everydays - The First 5000 Days

El arte y la tecnología parecen ser dos aliados indisociables. Desde que un hombre en una caverna descubrió que podía crear imágenes sobre el muro, no ha dejado de inventar maneras de ver, entender y representar el mundo a través de sus ideas, sentimientos y emociones. Claro, esto en el último siglo fue un poco lejos. Por ejemplo, uno de los artistas más aplaudidos en la última feria Art Basel Miami fue el estadounidense Beeple (Mike Winkelmann), un hombre de la tecnología que creó una flota de perros robot con cara humana (Elon Musk, Mark Zuckerberg y Andy Warhol, entre muchos otros), capaces de defecar fotos. Hoy su Instagram es su escenario de comentarios políticos a través de la creación de imágenes con inteligencia artificial. Pero su obra más cotizada fue subastada por Christie's: una obra digital en formato NFT, vendida por 69 millones de dólares. Everydays - The First 5000 Days es la pieza digital más cara de la historia. Un poco atrás quedaron los animalitos de óxido y carbón del arte rupestre. El manual de historia del arte de este siglo que recién despunta tendrá términos como entornos sensoriales inmersivos, criptoarte, metaverso, IA, visualizaciones de datos, tecnoperformance, piezas generativas, proyectos interactivos.

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Beeple (Mike Winkelmann) y sus perros robots en Art Basel.

En la Argentina, también hay creadores de robots, quizá la más humanoide y cercana forma del arte tecnológico. Eva Moro Cafiero les pone cara o corazón de celular, bien amigables. Están hechos con desechos y se vieron por primera vez en arteba, en Aura VTV, galería especializada en tecnología. La motivación de la artista está ligada a su activismo en ONGs ambientalistas como Jóvenes por el Clima, Eco Raíces y Climate Action Network Latino América.
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Eva Moro Cafiero, "Robot con corazón digital"

En ese mismo espacio se exhibieron las creaciones de Franco Palioff, que no les pone un rostro a sus robots, pero sí los hace sensibles a las emociones humanas: sus criaturas reaccionan ante una sonrisa. La performance HERESYATOR-2000 es un poco más inquietante. Es un producto ficticio para espacios públicos, presentado en el salón de performance de la residencia artística GlogauAIR, Berlín. Consiste en un anuncio de video en 3D y una demostración del producto, una máquina que escanea el rostro del usuario en tiempo real y utiliza herramientas de aprendizaje automático para determinar su porcentaje de felicidad y su género. La máquina tortura al usuario a un ritmo proporcional a su falta de masculinidad y felicidad. Durante la performance, se coloca un electrocardiograma en el cuerpo, y una luz y un altavoz de graves reproducen una versión amplificada del pulso humano en vivo. "El absurdo paralelismo creado critica simultáneamente cómo el software comercial utiliza herramientas de aprendizaje profundo para definir el género en clasificaciones binarias, al tiempo que devuelve la tortura a sus orígenes como espectáculo público, lo que otorga a las personas el poder de protestar contra la validez del castigo mediante una performance en vivo. Todo ello critica un arquetipo estandarizado de éxito superficial promovido por las redes sociales y el neoliberalismo, donde ahora, en lugar de tener que recorrer el oscuro camino para experimentarlo, se puede comprar el HERESYATOR-2000 y tener la experiencia cruda de comprenderse a uno mismo de forma visceral", señala el catálogo del artista. También ha creado autómatas que recorren las galerías, y otros simbióticos. Inquietantes.
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Franco Palioff. "HERESYATOR-2000"

El Fondo Nacional de las Artes acaba de inaugurar en el Palacio Libertad (salas 705 y 706) "Arte y Tecnología. Obras distinguidas en el Concurso del Fondo Nacional de las Artes 2025", una exposición que explora las relaciones entre arte, tecnología y experiencia contemporánea a través de distintos lenguajes y soportes: instalaciones interactivas, obras con inteligencia artificial, robótica, video, sonido y performance. Las memorias de Xu Lizhi, de Nahuel Cañada (primer premio), cuestiona la lógica de descarte que atraviesa tanto a las máquinas como a las personas, e invita a observar de cerca las condiciones que sostienen nuestra tecnología cotidiana. Maximiliano Parlagreco (segundo premio, por Ensayos de agenciamiento) explora el cruce entre la pintura a la acuarela y algoritmos de inteligencia artificial que observan y expanden la composición original, revelando un encuentro entre el gesto humano y la acción transformadora de la máquina. La serie de videos de Lourdes Rivadeneyra (tercer premio, por Error 404 devoción not found) indaga qué ocurre cuando un sistema técnico intenta nombrar aquello que no puede reconocer.
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Nahuel Cañada. "Las memorias de Xu Lizhi". Instalación tecnopoética. Placas PCB, brazo articulado para soldadura con lupa en base hexagonal. 100 x 600 x 60 cm, 2025.

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Maximiliano Parlagreco. "Ensayos de agenciamiento", de Inteligencia artificial. Tela blanca translúcida y proyector de video, 200 x 150 x 100 cm, 2025.

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Lourdes Rivadeneyra. "Error 404 devoción not found", de Video experimental intervenido con sistema de visión artificial y detección algorítmica de objetos. TV, base de apoyo, pendrive, auriculares, extensor de auricular 45x75 cm.

Las impresoras 3D, nobleza obliga, han revolucionado la escultura. La obra en mármol de carrara se diseña en computadora, y un robot la pasa a la piedra sin que el autor tenga que ensuciarse con una partícula de polvo: no ha vuelto a nacer otro Miguel Ángel. Pero gracias a esta tecnología, en Resistencia, Chaco, hay una réplica idéntica al David. Fue clonada con escaneo completo y los moldes se imprimieron por partes. Preside el Domo, en el que, cada dos años, se celebra la Bienal de Escultura donde, sí, vuela el polvillo de los escultores vieja escuela que modelan bloques de mármol a golpes de cincel y máquinas.

Mariano Giraud fue pionero en el uso de impresoras 3D para la creación de esculturas y la realidad virtual. Ha ganado numerosos premios y becas. "Una vez Mariano dijo que el modelado 3D en realidad virtual le permite entrar a otra dimensión, un lugar en el que la gravedad no actúa y la relación entre masa y peso se disuelve. Lo más cercano a estar en el espacio exterior", escribió Feda Baeza en un catálogo de su obra. Trinidad Metz Brea es una joven dibujante y escultora, y trabaja con modelado e impresión 3D para crear murales distópicos. A veces imprime en bronce y aluminio. En su taller tiene cinco máquinas a todo vapor y llega a construir murales de varios metros.

La Fundación Andreani es uno de los espacios donde el arte y la tecnología se dan la mano. Desde 2007 organiza el certamen que premia la innovación en el lenguaje del arte. "La Argentina cuenta con una tradición pionera en la exploración artístico-tecnológica -escribe Rodrigo Alonso en el catálogo de la edición 2025-. Desde la década del cuarenta hay una apelación al cruce del arte con las ciencias (en los distintos manifiestos de los Movimientos Concretos), y a partir de la siguiente década, trabajos específicos orientados en ese sentido. Durante los sesenta se produce una explosión de investigaciones en las cuales la creación visual se abre paso hacia las nuevas tecnologías y los medios de comunicación masiva. El cine, la televisión, la radio, el teléfono, los satélites, pero también las fábricas y los electrodomésticos ponen de manifiesto una creciente tecnificación de la vida cotidiana y las relaciones sociales que algunos artistas deciden evaluar. Marta Minujín, Gyula Kosice, Julio Le Parc, Margarita Paksa, Mauricio Kagel, David Lamelas, Eduardo Rodríguez, Perla Benveniste, Martha Boto, Gregorio Vardánega, Leopoldo Maler, Jaime Davidovich, Lea Lublin, Roberto Jacoby, Eduardo Costa, Ana María Gatti, Leonor Rigau, Fernando Von Reichenbach, entre muchos otros, realizan en estos años obras extraordinarias que reflexionan sobre este nuevo estado del mundo, al tiempo que promueven la transformación de las artes plásticas en experiencias visuales y la emancipación del sonido de la música".

Para aquellos artistas, conseguir los recursos técnicos para realizar sus obras era una proeza. Hoy, la tecnología está al alcance de la mano de cualquier mortal. Los artistas seleccionados en el Premio Fundación Andreani 2025 van de la tecnología de punta a la nostalgia de la mecánica retro. Se mueven entre "las exaltaciones sensoriales y los desechos tecnológicos, los dispositivos emancipatorios y los escenarios postapocalípticos, las memorias perdidas y las reconstruidas", según explica Alonso.

Un poco de todo eso está en la obra ganadora, El umbral. Instante de la delegación cognitiva (2025), de Leo Núñez, que indaga en el dilema de si las tecnologías estarían en condiciones de sobrepasar las capacidades cognitivas de los seres humanos. El ábaco, el mecanismo del reloj y las primeras computadoras personales se unen en una instalación mecatrónica que señala el tiempo que resta antes de que eso suceda. En un monitor de letras verdes, con ASCII Art, se desarrolla un diálogo entre el artista y una IA sobre el tema, mientras un brazo robótico cuenta en un ábaco el tiempo que falta. Condensa la idea de que la tecnología es un proceso donde pasado, presente y futuro se entrelazan. Núñez es director y docente de la maestría en Tecnología y Estéticas del Arte Tecnológico de la UNTREF. Es cofundador de Espacio Nixso, dedicado a la difusión de conocimiento tecnológico para artistas, escuelas y niños.
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Leo Núñez. "El umbral. Instante de la delegación cognitiva" (2025).

Un conflicto similar ocurre en el video Una Tierra Vieja Para Una Canción Nueva Que Suena Como La Canción Vieja Con Lo Mismo Y Lo Viejo-Viejo Y Nada Nada Nada Nuevo (2025). Liv Schulman pone en escena un drama victoriano interpretado por electrodomésticos en desuso dotados de conflictos y pasiones. El tono aquí es más bien humorístico, pero el fondo, no tanto: en la obsolescencia programada de los aparatos van recuerdos y emociones (¿quién no añora su viejo pasacassettes?, ¿el discman?). También es retro el procedimiento de Andrés Denegri, otro de los ganadores: Parlamento imaginario #1 (tríptico en video) (2025) está compuesto por una fotografía construida y dos filmes de Súper 8.

"El arte tecnológico no murió. De hecho, se encuentra más vivo que nunca y algunas de sus manifestaciones ocupan hoy un lugar significativo en la escena del arte contemporáneo. La repentina digitalización de todas las prácticas cotidianas provocada por la pandemia de COVID-19 que exhortó a museos, galerías y festivales a desarrollar iniciativas enteramente virtuales, el (nuevo) boom del arte de telepresencia -surgido en la década del noventa con la aparición de internet y redescubierto en 2020 ante la discontinuidad de las actividades presenciales-, el hype del criptoarte, las investigaciones en torno al metaverso en la era de la web 3.0 y el auge de la inteligencia artificial, en especial de las redes neuronales de aprendizaje profundo y sus derivas en el terreno artístico (ChatGPT, DALL-E, Stable Diffusion, Midjourney), fundan un panorama algo diferente", escriben dos especialistas, Florencia Levy y Jazmín Adler, que lideran espacios de formación específicos de este campo.
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Florencia Levy. "Latency" (Glazed ceramic and photograph printed on 100% cotton Hahnemühle paper. 110 x 89).

Levy es directora del Centro de Arte y Ciencia de la Universidad Nacional de San Martín, y su práctica como artista está dedicada a la denuncia de crímenes climáticos, que registra en video, fotografía, pintura y objetos. Tercer atómico espectral, su última exposición en Cott Gallery, exploraba las infraestructuras invisibles que sostienen el extractivismo contemporáneo, tomando como eje el litio como residuo cósmico y recurso estratégico. A partir de material filmado en salares de la puna argentina, entrevistas, registros espectrales sonoros y datos de prospección satelital, Levy conecta el origen estelar de los minerales con las redes técnicas, políticas y económicas que los movilizan.

Un activismo similar lleva adelante Tomás Saraceno, tucumano radicado en Berlín, que hace tejer a las arañas o crea ciudades en un salar con un mismo objetivo: alertar sobre la finitud de la vida en la tierra si sigue manteniendo el ritmo el calentamiento global y la contaminación. Desde coreografías de los ritmos aerosolares, Poetic Cosmos of the Breath (Essex, UK, 2007), a salas completas de tela de araña, a globos aerostáticos y jardines flotantes... no hay límites para su ferviente activismo e imaginación (ni para los fondos del Primer Mundo que los hacen posibles).
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Tomás Saraceno. "Poetic cosmos of the breath", Essex, UK, 2007.

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Tomás Saraceno. "Fly with Arocene Pacha", Salinas Grandes, Jujuy, 2020.

Adler es profesora, curadora, investigadora y co-directora del Proyecto de Investigación Científica y Tecnológica (PICT) "Escrituras algorítmicas en las artes: hacia una cartografía crítica de poéticas electrónicas argentinas (2004-2019)", además de integrar el Colectivo Ludión: exploratorio latinoamericano de poéticas/políticas tecnológicas (Facultad de Ciencias Sociales, UBA). Su campo de investigación abarca las relaciones entre el arte, la ciencia y las tecnologías; las omisiones historiográficas en las narrativas canónicas de la historia del arte tecnológico, principalmente aquellas que vinculan la escena latinoamericana con los relatos del Norte Global; y las conexiones entre arte, tecnología, política y materialidad en Latinoamérica. Mucho de eso está plasmado en su libro En busca del eslabón perdido: arte y tecnología en Argentina (2020), donde repasa la historia de esta fusión. Distingue tres posibles concepciones sobre este vínculo: por un lado, la que ve en la tecnología un medio de innovación y la utiliza como estrategia para generar impacto. En la vereda opuesta, las utopías críticas también parten de la novedad de la ciencia y la tecnología pero con el objetivo de cuestionar cualquier actitud glorificadora. Finalmente, la autora se detiene en una mirada a la que denomina "tecnología como pre-texto": según esta concepción, las tecnologías funcionan como una plataforma conceptual desde la cual desarrollar un discurso que excede el del vínculo tecnología/novedad de las dos primeras. Sugiere que existe una potencia en algunas de las prácticas recientes que radica justamente en su imposibilidad de ser circunscritas tanto dentro del arte contemporáneo hegemónico como del ámbito de las poéticas electrónicas. Mira hacia el futuro depositando su optimismo en las zonas fronterizas en las que se posicionan estas obras y propuestas, que juegan con el límite de ambos universos.

Escribe Adler en el Tomo XIII de la Historia General del Arte de la Argentina, publicado por la Academia Nacional de Bellas Artes: "Si la revolución digital signó la entrada al nuevo siglo, la zona de convergencia entre prácticas artísticas y tecnologías es ahora actualizada en virtud de las discusiones en torno a la gubernamentalidad algorítmica, el análisis intensivo de datos sobre nuestros intereses, hábitos y comportamientos, la desmitificación de la supuesta inmaterialidad digital, y los efectos incisivos de los desechos tóxicos devenidos de la fabricación de las mismas tecnologías que hoy, más de veinte años después, marcan el ritmo de nuestras vidas".

Me quedan resonando los artistas que recurren a la tecnología y el imaginario estelar, para hacernos soñar. Erica Bohm y su galería de imágenes del espacio y las estrellas, que a veces baja de internet y a veces las pinta. El efecto es el mismo: sacarnos de nuestra terrenalidad y ver el planeta en perspectiva. Algo así es lo que hace César Núñez (ahora en exposición en Cott Gallery): tras largas observaciones en los centros astronómicos más importantes del país, pinta la lluvia de estrellas fugaces o la materia oscura en papeles de aluminio que los astronautas usan para protegerse. Evadirse y guarecerse, dos fantasías recurrentes.
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Erica Bohm. Serie "Fantascopia", registro en papel fotográfico del movimiento de la tierra y el sol.

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César Núñez. "Fulgor", dibujo sobre papel con proteccion de manta isotérmica.

Anuncian en la edición #165