Hay una escena de la final del Mundial de Qatar que probablemente explique mejor el Método Scaloni que cualquier conferencia de liderazgo. Minuto 123. Argentina acaba de sufrir el segundo empate de Francia. La posibilidad de la tragedia deportiva vuelve a aparecer después de haber estado dos veces al borde de la consagración. En la cancha y en la escena hay cansancio. Dolor. Miedo. Incertidumbre. No saber si seremos capaces.
Todos sentimientos análogos a los que se viven en las organizaciones de negocios, cuando una negociación estratégica se cae, cuando un competidor gana terreno, cuando una transformación fracasa o cuando un CEO descubre que el plan que funcionó durante años dejó de funcionar.
Sin embargo, en ese momento límite, el equipo argentino no colapsa. No se desordena ni se fragmenta. No se paraliza ni mucho menos se entrega. No se desintegra emocionalmente. Tampoco se bloquea cognitivamente. Sigue jugando. Aprende. Aprehende. Vuelve a pensar. Recalcula. Recrea. Cree.
¿Qué hace que un equipo sea capaz de sostenerse aún cuando todo parece derrumbarse?
La respuesta tiene menos que ver con la táctica que con una idea que Lionel Scaloni repitió durante todo el proceso y es una de las premisas estructurales de su método: "Siempre podemos dar algo más". No es una frase de motivación. Es una filosofía, una ética y una premisa estratégica de construcción del estado. El estado cognitivo, mental, emocional, actitudinal. El estado subjetivo para el mejor estado competitivo.
Aquí reside una clave que hace una diferencia fundamental en el ejercicio de todo CEO, director o líder de equipos. Porque es verdad que las habilidades y los conocimientos tienden a sumar, en tanto que la actitud multiplica la aptitud de un equipo y las personas que lo integran.
La confusión en la que incurren muchas organizaciones que aspiran al alto rendimiento.
Es muy frecuente trabajar con líderes atravesados por paradigmas que les hacen presuponer que el alto rendimiento nace de aumentar la exigencia. Entonces se precipitan en una experiencia aditiva de demanda creciente y presión extractiva. Más objetivos. Más métricas. Más presión de demanda. Más control. Más urgencia.
Pero no es así que se obtienen los mejores resultados en la experiencia de la exigencia, de acuerdo a lo que enseña el proceso liderado por Lionel Scaloni. La primera distinción es que no trata solo con profesionales orquestados en un equipo, sino con personas integradas en un grupo. Luego, parten del supuesto que el rendimiento no depende solamente del talento como tantas veces frustró a la selección argentina de futbol, siempre en abundancia de talentos. Sino del estado desde el cual el talento opera.
En su libro Bajo Presión, Hernán Vilà Mosso, coach de la World Sailing, plantea una idea fundamental: "La diferencia entre una buena decisión y un error no siempre está en el conocimiento. Está en la regulación". Es decir: dos personas pueden tener la misma capacidad técnica. Pero bajo presión una accede a ella. Y la otra no. La diferencia no es el conocimiento. Es el estado. Una se inhibe. Se bloquea. Se desenfoca. Es "poseída por los demonios" como explica en El Metodo, "el Cholo" Simeone, y entonces produce miedo, fantasma, novela, tragedia. Otro se enfoca en la oportunidad, el anhelo, la recompensa, y hace comedia, épica, aventura. Quien puede leerlo, puede gestionarlo. Para quien este proceso resulta invisible por sus marcos teóricos, paradigmas y supuestos, se topa o se choca con esto y conduce a ciegas de una fuerza que suele ser muy condicionante, cuando no, determinante para el resultado del proceso.