opinión

El versero


<b>El versero</b>

Por Lalo Zanoni
Periodista especializado en comunicación digital y nuevos negocios.


Mark Zuckerberg está convencido de que él nos va a explicar cómo será el futuro. Qué haremos en él, cómo nos vamos a relacionar, qué cosas nos van a entretener, de qué manera compraremos productos, etc. Cree ver el futuro, cree poder construirlo. Y no solo nos lo explica sino que ahora, hace pocas semanas, nos lo mostró. Y dice que se llama Metaverso. Nuestro presente es tan embolante, violento y frustrante (piensa Zuckerberg pero no lo dice), que él va a crear para nosotros una realidad paralela donde todo esté bien. "Una internet inmersiva" repite frente a su avatar en 3D igualito a él, que no es precisamente generoso en sus gestos y expresiones. Al ratito ya no se sabe cuál es cuál. Lo dijo en la conferencia anual Connect donde también anunció el cambio de nombre de la empresa, que ahora se llama Meta y engloba a todas las compañías bajo su paraguas.
¿Cuál es el objetivo del Metaverso zuckerbergiano? Jaqueado por todos lados y con distintos problemas en el frente (desde legales y políticos hasta técnicos y de reputación), Zuckerberg intenta desesperadamente instalar otro tema en la agenda asociada a Facebook que no sea un problema. Lo que pasa es que nadie le dice que el problema de Facebook, en el fondo, tal vez sea él. Es hora de dar un paso al costado pero su ego, más propio de un niño caprichoso que de uno de los hombres más ricos del planeta, se lo impide. Y ahora, otra vez sí, esta vez les juro que sí, promete que con su nuevo Metaverso se va a preocupar en serio de la seguridad y de proteger los datos personales de dos mil millones de personas. ¿Le creemos? Zuckerberg no para de gritarnos que le creamos, como si estuviera rogándole a su pareja que lo ame.
No está de más recordar que la nueva empresa Meta es la dueña de Facebook, Instagram, WhatsApp, también del mensajero Messenger y del casco de realidad virtual (VR) Oculus, entre otras setenta empresas que fue comprando mientras estábamos distraídos subiendo fotos de nuestras vacaciones, debatiendo con desconocidos sobre la cuadratura del círculo y repartiendo "Me gusta" a nuestros amigos virtuales. El cambio de nombre se hizo para separar a las demás plataformas y emprendimientos de la compañía con la mala imagen que arrastra Facebook. Parece que, ahora, nadie quiere mezclarse con la red social. Suena ingrato porque Facebook es la que todavía aporta el dinero para que el resto pueda funcionar. Pero así trabajan las lealtades en el mundo de los negocios digitales.
Ahora Metaverso fue presentado como "un espacio virtual social en 3D donde se pueden compartir experiencias inmersivas con otras personas, incluso cuando no pueden estar juntas, y hacer cosas que no podrían en el mundo físico". O sea, en vez de interactuar entre nosotros con una pantalla en el medio (de la compu, tablet, celular) ahora lo haríamos en un escenario nuevo, un espacio en 3D y con anteojos especiales (que hay que comprarle a Meta, claro). Suena a Second Life, ¿recuerdan? Esa internet de principios de los 2000 donde la promesa era que interactuaríamos entre nuestros avatares en un mundo paralelo y en tres dimensiones. El furor de Second Life duró poco, pero incluso algunas marcas importantes llegaron a pagar para plantar su bandera en el nuevo mundo. Todo quedó en la nada. Ahora Zuckerberg vuelve con esa idea e insiste con "la nueva versión de internet". Lo que mostró no fue más que una idea que ya suena repetida. Hasta el momento, lo que varias empresas grandes como Google, Microsoft, Samsung o Intel intentaron hacer con realidad virtual, aumentada o cualquier otra realidad, tuvo un solo resultado: el fracaso. Tal vez haya alguna posibilidad con el rubro de los videojuegos inmersivos en entornos virtuales.
Zuckerberg no habló de herramientas de software, no dio fechas ni ningún otro detalle concreto de interés, pero se habla de que el proyecto tardará diez años y demandará varios billones de dólares de inversión. ¿Le funcionará Metaverso? El CEO tiene dos cosas a favor en ese sentido: muchísimo dinero, muchísima gente cautiva (un estimado de tres mil millones de usuarios) y una enorme capacidad de desarrollo interno. Pero también una gran contra: ya casi nadie le cree. Ni sus propios empleados.

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El mismo día que Zuckerberg presentaba su metaverso, una exgerenta de Facebook llamada Frances Haugen daba detalles ante el Congreso de Estados Unidos sobre cómo la red social hacía para maximizar la interacción entre sus plataformas mientras sus negocios generaban efectos negativos para la sociedad, especialmente en los grupos de personas más jóvenes. Dijo Haugen: "Los altos ejecutivos saben cómo hacer más seguros Facebook e Instagram, pero no lo hacen porque ponen sus inmensos beneficios por encima de la gente". Y aportó como prueba miles de documentos internos. Esa filtración de Haugen ―bautizada por los medios "garganta profunda" en honor al famoso caso Watergate― fue el mayor golpe interno para la empresa de Zuckerberg hasta el momento.
Es cierto que casi todo lo que ventiló la exempleada (que estuvo dos años en la empresa) ya había sido dicho por varios medios, distintas organizaciones de defensa del consumidor y también por algunos exempleados. Pero la diferencia es que Haugen aportó muchos documentos internos reales que confirman que desde adentro de la empresa ―y desde los más altos niveles― no solo sabían que lo que estaban haciendo generaba efectos negativos en los usuarios sino que ellos mismos lo estimularon. Y también reveló que la política interna era negarse a modificar el rumbo de sus prácticas nocivas.
Básicamente los algoritmos de Facebook priorizan los posteos más tóxicos y polémicos para estimular a que el usuario pase más tiempo dentro de la red social porque reacciona a responder, a indignarse, a compartir sus textos con sus amigos, etc. Cuanto más tiempo pasa en la plataforma, más publicidad recibe. Por eso la empresa prioriza sus beneficios económicos (más del 97% de sus ingresos son por la venta de publicidad) por sobre la salud mental de la gente, que es bombardeada con mensajes tóxicos, violentos, racistas, discursos de odio, fake news, teorías conspirativas, etc. Nada que no sepamos, pero ahora Haugen lo puso sobre la mesa. Dijo que se decidió a presentarse en la justicia con toda esa información después de la ya famosa toma del Capitolio el 6 de enero pasado. Los grupos violentos que se alzaron aquel día trágico (que terminó con un muerto) se habrían organizado en grupos de Facebook, estimulados y reunidos por el algoritmo.
La red social también fue señalada por su accionar en la India y en la masacre de musulmanes en Myanmar (Birmania), en 2016.


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El mismo día que termino de escribir esto, Meta anuncia que, a partir del 19 de enero próximo, ninguno de sus anunciantes podrá crear campañas publicitarias dirigidas exclusivamente a algunos usuarios en función de criterios políticos, raciales, sexuales o religiosos. No más avisos personalizados por ideas y/o creencias como ocurrió hasta hoy, cuando un candidato político puede elegir hacer anuncios que solo sean vistos por católicos, lesbianas, judíos o progresistas, por ejemplo. Esto aumenta la polarización y la discriminación, entre otros efectos nocivos para la sociedad. Tampoco se podrán elegir determinados problemas de salud, por ejemplo dirigirles avisos a los enfermos de cáncer o a personas en tratamientos como quimioterapia, etc.
Tanto Google como Twitter ya habían inhabilitado este tipo de publicidad y avisos políticos en sus plataformas. Es una decisión importante, que ya se le reclamaba hace mucho tiempo a Facebook (y que también abarca a Instagram y Messenger) pero ahora, jaqueado por los medios y la opinión pública (y la presión política y judicial), decidió implementar.
Algo es algo.

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Mientras tanto, la red social Facebook no para de ganar dinero. Como una aspiradora, se queda con un porcentaje de toda la pauta digital que, según analistas, va del 30 al 50% de la torta mundial. Eso significa muchísimo dinero. El último reporte trimestral (de octubre pasado) arrojó un crecimiento del 33% en su facturación anual, dejando una ganancia de 9100 millones de dólares (17% más que en el anterior trimestre). Lo repito por las dudas:
solo en un trimestre la empresa ganó nueve mil cien millones de dólares. Ganancias reales, no virtuales. El único verso que parece importarle a Zuckerberg.

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